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Rupert Wingfield Hayes
BBC Mundo, Pekín
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La República Popular de China cumple 56 años. En un país caracterizado en la actualidad por poseer una deslumbrante prosperidad económica, el capitalismo parece haber encontrado la manera de coexistir con el comunismo, ¿pero quién lleva las riendas realmente?
En China conviven el capitalismo y el comunismo.
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Es una pregunta obvia -¡El Partido Comunista, por supuesto!-, como a los estadounidenses les gusta decir.
Han transcurrido 56 años desde el día en que Mao Zedong se paró en la Plaza Tiananmen y declaró la creación de la Nueva China, fecha en la que el comunismo pareciera haberse asegurado en el poder.
Basta un paseo alrededor de Tiananmen para darse cuenta que, desde el enorme portarretrato colgado en el lugar, los ojos de Mao todavía siguen a los transeúntes que caminan por allí.
En el medio de la plaza se encuentra su inmenso mausoleo. Cada mañana, miles de personas llegan de todos los confines del territorio chino para esperar pacientemente por su turno para rendirle honores al preservado cadáver del líder chino.
Hacia el noreste de la plaza es posible distinguir a otro mamut de granito que está a punto de ser terminado. Este edificio albergará la sede del nuevo ministerio de Seguridad del Estado, la KGB de China.
El comunismo, parece, no va a ningún lado.
Nuevas libertades
Pero un cambio ligero en la pregunta da como resultado una respuesta diferente.
¿Quién mueve el mundo de 1.300 millones de chinos?
En la época de Mao, la respuesta sería la misma: el Partido Comunista.
Desde la reforma agraria y las sangrientas luchas de los 50 hasta la Revolución Cultural, las vidas de cientos de millones de chinos eran directamente controladas, y con frecuencia destruidas, por los designios del Partido Comunista.
Ni siquiera los pensamientos eran privados.
En la China de Mao el Partido Comunista regía las vidas de todo el país.
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Pero la China de hoy en día es un lugar diferente. El Partido se ha retirado de las cabezas de la gente, de sus hogares y de los lugares en los que trabajan.
Ya no hay más sesiones de luchas interminables, tampoco auto cuestionamientos. Hoy los ciudadanos chinos son libres para pensar y hacer lo que les plazca.
Gusto extravagante
La historia del señor Wang es un ejemplo de esta realidad. En los tiempos de Mao, este hombre hubiera sido condenado por ser un capitalista y, por ende, hubiera sido enviado a un campo de trabajo.
Pero en la actualidad, no solo posee una inmensa fortuna personal, sino que no teme hacer ostentación de ella.
A media hora de Pekín, en medio de campos de maíz y hermosos árboles, se encuentra la última y más extravagante creación del señor Wang: una réplica de un palacio francés estilo barroco.
Cada pedazo de piedra ha sido importado de Francia a un costo de US$90 millones.
En el sótano del castillo, al cual se entra a través de un arco hecho de piedras, el señor Wang almacena cientos de botellas de vino que también importó de Francia.
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En China las conexiones de una persona significan la diferencia entre justicia o discriminación, riqueza o pobreza y, sencillamente, entre estar tras las rejas y estar en libertad.
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En una de las paredes del sótano es posible ver una fotografía del dueño del castillo cuando cata una de las botellas de vino, acompañado de un miembro del poderoso politburó chino, el cuarto en importancia.
El señor no es solo un amigo del Partido, es un integrante del mismo.
"Guanxi" esencial
Para entender quien lleva las riendas en China, en fundamental la palabra "guanxi".
Traducida literalmente significa conexiones. Pero es mucho más que tener el mismo vínculo de la vieja escuela.
En Europa o Estados Unidos los contactos que una persona puede tener son útiles para conseguir un trabajo o para inscribir a tu hijo en una escuela decente.
En China las conexiones de una persona significan la diferencia entre justicia o discriminación, riqueza o pobreza y, sencillamente, entre estar tras las rejas y o en libertad.
El señor Wang tiene importantes "guanxi". Pero para quienes no poseen "guanxi", la vida es muy diferente.
En la China que celebra hoy un nuevo aniversario, las "guanxi" son fundamentales.
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Cada año cientos de miles de chinos emprenden un largo viaje a bordo de trenes y autobuses para llegar a Pekín.
No vienen a visitar el mausoleo de Mao, sino a reclamar justicia ante el Gobierno.
Todos llegan con terribles historias de infortunios. A algunos les han robado sus tierras para llevar a cabo desarrollos inmobiliarios, hay también quienes cuentan que sus hijos y esposos han sido golpeados por la policía hasta dejarlos sin sentido.
Sin éxito han intentado obtener justicia en sus pueblos, así que llegar a Pekín es su última esperanza.
Cada mañana, pacientemente y por horas, esperan en las largas colas que se forman en las oficinas públicas para presentar su caso.
Finalmente, cuando les llega su turno, entregan sus documentos a través de una pequeña ventanilla.
Una y otra vez estos ciudadanos que vienen del campo aseguran que, si tan solo el gobierno central estudiara lo que les ha ocurrido, se haría justicia.
Lastimosamente, están equivocados. Estas personas no tienen "guanxi". Son solo parte de una gran masa. Sus casos no serán escuchados.
Aplastando a los francos
Nada puede entorpecer cumpleaños 56 del surgimiento de la República Popular de China.
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Mientras esta semana se ultiman los preparativos del nuevo aniversario del Partido Popular de China, los gobernantes del país asiático colocaron policías en las barriadas de Pekín para que estos, a su vez, envíen de vuelta a sus recónditos lugares de origen a quienes llegaron a la capital demandando justicia.
Lo mismo ha ocurrido con quienes causan problemas en lo que respecta al ámbito político.
Tengo un amigo que perdió una pierna a consecuencia de haber recibido la bala de un soldado durante la masacre de Tiananmen en 1989. El problema del señor Qi es que todavía no ha aprendido a mantener su boca cerrada.
A pesar de que han transcurrido 16 años desde aquel infortunado evento, el sigue pidiendo justicia.
Hace tres noches, cuatro hombres ingresaron en la casa del señor Qi y lo golpearon hasta dejarlo inconsciente. Mientras le pegaban en las costillas hasta partírselas, no dejaban de repetirle: "deja de causar problemas, deja de causar problemas".
A nadie le está permitido arruinar las celebraciones por el 56 aniversario de la República Popular de China.