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Martes, 2 de diciembre de 2003 - 19:51 GMT
A dos años de Enron

Stephen Evans
BBC América del Norte

Han pasado dos años desde la caída de Enron y nuevos escándalos corporativos han seguido apareciendo como olas en el mar.

Sede de Enron
Con el escándalo de Enron salió a flote una cultura de deshonestidad.

¿Cuántas manzanas podridas llenan un barril podrido?

Engaños increíbles dentro de una empresa pueden hacerse pasar por malos actos de individuos deshonestos cuya culpabilidad criminal aún no se ha determinado.

Pero qué conclusión podemos extraer cuando la lista es tan larga y profunda que incluye: Tyco, WorldCom, los engaños al público de los mayores bancos de inversión de Wall Street, la desaparición de la firma contable Arthur Anderson considerada alguna vez como sinónimo de probidad.

Y la lista sigue: la deshonestidad en la industria de fondos mutuales a la que se le ha confiado las pensiones de millones de estadounidenses, el arresto de 48 operadores cambiarios después de una operación secreta.

Una conclusión obvia parece ser que mientras muchos individuos honestos e instituciones se comportaron bien y dentro de las reglas, también existía una especie de cultura que llevaba a otros individuos e instituciones a romperlas.

La ley se quiebra

En la histeria de finales de la década de los 90, parece que surgió una actitud de pensar que las reglas eran para los tontos.

Había pasado una década de desregulación y muchos parecían creer que las restricciones en los negocios eran una especie de vuelta a una época muerta.

Uno no tiene la sensación de que hay un llanto culpable dentro de las instituciones

Además, los noventa fueron testigos de un cambio en la forma de remunerar a los ejecutivos.

Desapareció el pago directo en dinero al contado por tareas cumplidas y apareció la opción de dar acciones a los ejecutivos.

Los ingresos y la riqueza dependían de los precios de las acciones, lo que llevaba a una presión desmedida para mantenerlas en un nivel alto.

Mientras el mercado subía, no se veían problemas aparentes.

Al revertirse la situación, la presión llevó a la gente a la deshonestidad.

Cuando hubo conflictos de interés, por ejemplo, entre el deseo de los bancos de inversiones de mantener contentos a sus clientes al subir el precio de las acciones, y el deber de esos bancos de decirle a sus clientes más pequeños la verdad de la situación, triunfó el dinero y la honestidad perdió.

Si decirle al público inversor que una compañía era mal manejada implicaba molestar al jefe ejecutivo de esa empresa, el público resultaba perdedor.

Haciendo arreglos

Algunos de estos conflictos de interés han sido resueltos.

Han ocurrido cambios en la ley y también en la forma como, por ejemplo, se estructuran los bancos.

Pero uno no tiene la sensación de que hay un llanto culpable dentro de las instituciones.

Los analistas que recomendaban comprar a los que estaban fuera cuando, al mismo tiempo, aconsejaban vender a los que estaban dentro ya no están y quizás algún día lleguen a pagar un alto precio financiero (aunque es algo que nadie lo cree firmemente).

Y los bancos sí pagaron multas y prometieron cambiar sus métodos.

Sin embargo, no hubo una ola de renuncias en masa de las personas que estaban a cargo de las empresas.

En todos los escándalos, a pesar de las imágenes para las cámaras de unos pocos supuestos bellacos esposados, la cárcel no ha sido el destino de muchos ejecutivos a cargo de compañías que estafaron los ahorros de toda una vida a sus empleados e inversores.

Buena defensa

Ken Lay
Ken Lay puede decir que él nada sabía.

En el caso de Enron, por ejemplo, la defensa de Ken Lay (el ex presidente de la compañía) es muy convincente.

Él sostiene que era una compañía muy grande y no conocía los detalles de lo que estaba ocurriendo, y aún más, que los expertos (como los grandes contadores de la compañía) decía que todo era legal.

Uno no necesita ser Perry Mason para convencer al jurado de no procesar a Lay "bajo la existencia de una duda razonable".

Todo podría termina en un tribunal civil con las quejas de los accionistas individuales contra los jefes ejecutivos.

El argumento será que los jefes que sabían de los problemas internos no se lo comunicaron a sus empleados y a los inversionistas.

Como Ken Lay ganó cientos de millones de dólares con sus propias acciones, él falló en advertir a otros de lo que se venía.

Pero esto también será una pérdida de tiempo. Al final del día, pocos serán los que pasen mucho tiempo detrás de los barrotes.



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