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Lunes, 6 de febrero de 2006 - 11:36 GMT
EE.UU.: ¿puede vivir sin petróleo?
Mariana Martínez
Mariana Martínez
Columnista, BBC Mundo

Estados Unidos es "adicto al petróleo". Así lo aseguró el presidente estadounidense, George W. Bush, en su discurso anual sobre el estado de la nación.

Refinería en Qatar.
EE.UU. espera reducir 75% de sus importaciones de Medio Oriente en 20 años.
La afirmación en sí no sorprendió a nadie. Ni a los 298 millones de estadounidenses que contribuyen con los 20,6 millones de barriles de petróleo que consume la nación diariamente, ni a aquellos que critican las políticas del mandatario hacia el Medio Oriente.

Lo que sí llamó la atención, y mucho, fue el llamado de Bush a romper con esa dependencia -justo en momentos en que EE.UU. y el mundo consumen más petróleo que nunca, que los precios están por las nubes y que las empresas petroleras anuncian fuertes ganancias-, algo que fue visto, tanto a nivel nacional como internacional, como un giro importante en su posición sobre el tema petrolero.

Para lograrlo, Bush aseguró que entre sus metas estaba reducir, en un plazo de 20 años, un 75% las importaciones de petróleo desde el Medio Oriente.

Y dijo que la mejor estrategia para reducir la dependencia del crudo es invertir en tecnología alternativa, por lo que aseguró que pedirá al Congreso un aumento del 22% en el presupuesto para financiar investigaciones sobre energía limpia y renovable.

Sin embargo, aunque la meta propuesta por Bush, así como los medios para alcanzarla, suenan acertados, muchas fueron las inquietudes que quedaron en la mente de los que escuchamos el discurso del mandatario.

Una de ellas es: ¿está EE.UU. preparado para reducir su adicción al petróleo? Y más importante aún, ¿cuáles son las estrategias de política económica que habría de seguirse para lograrlo?

¿Factible?

George Bush, presidente de EE.UU.
Estados Unidos es adicto al petróleo
George Bush
Basta con darle una mirada a las estadísticas de consumo de petróleo para darse cuenta que, para reducir esa dependencia, serán necesarios cambios radicales en la economía estadounidense.

EE.UU. es el mayor consumidor de energía del mundo -absorbe un cuarto de la producción mundial de petróleo-, y eso es algo que no se puede cambiar de la noche a la mañana.

La nación consume unos 20,6 millones de barriles de petróleo diarios, que ponen en marcha el servicio de transporte, las fábricas, las empresas y la producción de la economía estadounidense, así como también la vida cotidiana de millones de personas.

La demanda de petróleo es creciente en EE.UU. El consumo es hoy 19,1% más abultado que 20 años atrás, y la Administración Energética (AIE) asegura que la demanda aumentará a 32,9 millones de barriles diarios en 2025.

Para hacer frente a esa creciente demanda, EE.UU. debe importar 60% del total que consume, casi el doble del petróleo que importaba en 1973.

El 43,3% de esas importaciones provienen de los países de la Organización de Países Exportadores de Petróleo (OPEP), de los cuales 19% corresponde a los países del Golfo Pérsico, mientras que el 56,6% restante es facilitado por países no integrantes de la OPEP (México, Canadá, Reino Unido, Angola, Rusia y las Islas Vírgenes).

Alternativas energéticas

Para reemplazar 75% de las importaciones de petróleo del Medio Oriente en 2025, como Bush propone, EE.UU. tiene dos opciones: importar más del resto del mundo o invertir en alternativas energéticas y nuevas tecnologías.

Si importa más crudo del resto del mundo, entonces, la dependencia con el Medio Oriente disminuiría, pero persistiría la de su economía con el petróleo. A lo que se le suma que es poco lo que el gobierno estadounidense puede hacer para impedir que las grandes empresas petroleras compren petróleo del Medio Oriente.

Bomba de gasolina.
Es necesario invertir en tecnologías para obtener energía alternativas al petróleo.
La opción más viable para reducir la dependencia con el crudo es entonces invertir en nuevas tecnologías.

Para ello no sólo se necesita un mayor presupuesto del gobierno en investigación -como el anunciado por Bush-, sino también medidas para penalizar el uso del petróleo y sus derivados.

Cambiar los medios por los que se produce energía no es fácil ni barato, cuando de transporte se habla.

Por eso, un impuesto a la emisión de carbono, más que nada sobre la gasolina, sería un buen instrumento para obligar a los empresarios a desarrollar nuevas tecnologías.

Pero el tema de los impuestos, así como la mejora de la eficiencia energética -un mejor uso de los recursos-, quedó fuera del discurso del mandatario estadounidense.

Según los expertos, todavía estamos lejos de un mundo que produzca energía de hidrógeno para alimentar los vehículos o de aumentar el biocombustible como el etanol en la gasolina, de forma eficiente y a bajo costo.

La única forma de acelerar el proceso es mediante la puesta en práctica de regulaciones -impuesto sobre la gasolina, emisión de carbono, etc.-, para obligar a los empresarios estadounidenses a invertir en tecnologías nuevas y más limpias.

Hasta que eso no se haga, EE.UU. seguirá dependiendo del petróleo, sin importar de qué parte del mundo provenga.

Todo dependerá, entonces, de qué camino quiera tomar Bush.



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