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Lunes, 18 de abril de 2005 - 09:21 GMT
Los inmigrantes detrás del tomate
M Martinez
Mariana Martínez
Columnista, BBC Mundo

Vicente trabaja de sol a sombra. Recoge tomates y otros vegetales en Immokalee, un pueblo de inmigrantes en el suroeste de la Florida, a unas dos horas y media por carretera desde Miami.

Inmigrantes mexicanos en Estados Unidos.
Los inmigrantes enfrentan duras condiciones de trabajo en las zonas agrícolas.
Vicente no le tiene miedo al trabajo. Él es mexicano y llegó a Estados Unidos cruzando la frontera con un objetivo claro, el de trabajar y enviar el sustento económico que su familia necesita allá en Oaxaca. Pero nunca se imaginó que la realidad que le pintaron cuando decidió emprender el viaje a tierras desconocidas iba a ser tan diferente.

"Un compadre (compañero) me dijo que había comenzado la pisca (recolección) en Florida y que allí se ganaban muchos dólares. Y fue por eso que decidimos venir", me explicó Vicente.

"Sin embargo, nadie me dijo que íbamos a trabajar más de 10 horas por día, en algunos casos sin poder tomar agua o ir al baño, y que apenas llegaríamos a juntar 50 dólares por jornada. Y eso con suerte, si es que el día está bueno y no llueve", agrega este inmigrante mexicano.

"Con esos dólares hay que pagar la renta, la deuda con el coyote que me cruzó y mandar dinero a mi familia. No alcanza para nada más", explica Vicente haciendo cuentas y mostrándome que sólo cuenta con 3 dólares en su bolsillo.

Pero Vicente no es el único que sufrió una gran desilusión al cruzar la frontera. El sufrimiento y el descontento parece ser el común denominador de la zonas agrícolas de Estados Unidos, por lo menos lo es aquí en Immokalee.

¿Explotación?

Frontera entre México y Estados Unidos.
Algunas jornadas de trabajo se extienden por más de 10 horas.
En Immokalee, miles de inmigrantes ¿fundamentalmente de México, Guatemala y otros países centroamericanos- se ganan el sustento trabajando interminables jornadas mal pagadas, recogiendo a mano miles de toneladas de tomates y otras frutas y vegetales que luego son distribuidas en la costa este de Estados Unidos.

"Aquí pizcamos lo que luego los 'gringos' ponen en su mesa. Nos pagan poco pero ellos (los productores) luego lo venden bien caro", explica Antonio, otro inmigrante guatemalteco.

Según Antonio, "trabajamos aquí como esclavos, ganamos menos que un 'gringo' pero trabajamos igual o más".

En este pueblo perdido en el mapa y que ningún turista visita, la esclavitud, según dice Gerardo Reyes, de la Coalición de Trabajadores de Immokalee, parece aún practicarse.

"Hoy en día somos nosotros los inmigrantes los que hacemos el trabajo que hacían los negros esclavos en el pasado. La agricultura ofrece la misma oportunidad de explotación para todos", aseguró Reyes.

Interminables jornadas

nadie me dijo que íbamos a trabajar más de 10 horas por día, en algunos casos sin poder tomar agua o ir al baño, y que apenas llegaríamos a juntar 50 dólares por jornada
Vicente
La jornada de trabajo de estos inmigrantes es larga y agotadora. Para comprobarlo, acompañé a Vicente durante un día de trabajo.

A las cuatro de la mañana, Vicente ya estaba levantado. Con un vaso de agua y un pedazo de pan en su estómago estaba listo para iniciar su jornada. Un autobús del contratista nos recoge a las 5.30 en una parada preestablecida y nos lleva al campo de trabajo. Junto a nosotros viajan otros 20 inmigrantes.

A la entrada del campo se ven a la distancia las plantaciones de tomates. El dueño del lugar no permite que acompañe a Vicente durante la jornada. Tampoco accede a contratarme como trabajadora. Acordamos con Vicente vernos al fin del día.

Puedo ver cuando Vicente, al igual que otros inmigrantes, se preparan para iniciar una frenética competencia por el que llene la mayor cantidad de cubetas de tomates. El sol ya arde y el olor al pesticida es cada vez más fuerte.

A las 5.30 de la tarde, Vicente regresa al lugar acordado y me cuenta que recogió 115 cubetas o lo que es lo mismo, unas dos toneladas de tomates, y por más de 11 horas de trabajo recibió unos US$51,75.

"Cada cubeta pesa 32 libras y cada vez que uno termina de llenar una se recibe una ficha que equivale a 45 centavos. Al final del día se cuentan las fichas y eso es los dólares que se ganan", explica Vicente.

Según Vicente, un recolector con experiencia puede recoger entre 100 y 120 cubetas al día (entre 10 y 12 horas de trabajo), lo que se traduce en un salario de entre US$45 y US$55 diarios. Es decir, entre US$ 225 a US$275 a la semana, "si es que no llueve y si hay cosecha", como aclara Vicente.

La Coalición de Trabajadores de Immokalee acaba de llegar a un acuerdo con una de las principales cadenas de comidas rápidas en Estados Unidos y mayor compradora de tomates, para que los trabajadores reciban un centavo más por cada cubeta que recogen.

Pero eso, aunque es un triunfo para estos inmigrantes, todavía no alcanza para ofrecerles una vida decente en un país donde el salario mínimo por hora trabajada oscila entre US$5,15 y US$7,15 -dependiendo del estado y la actividad-.

Vivienda insalubre

Inmigrantes mexicanos en Estados Unidos.
Los inmigrantes viven hacinados por el alto precio de la renta.
A la mala paga y el maltrato se le suma que estos inmigrantes como Vicente tienen que vivir en condiciones insalubres y pagar por la renta lo mismo que pagarían por un apartamento en Miami Beach, en el área financiera de Brickell Avenue en Miami, o en Manhattan en Nueva York.

Vicente, al igual que la mayoría de los inmigrantes de Immokalee, vive en una casa móvil o "traila" que comparte con otras 12 personas. Hay un sólo baño, tres camas y una pequeña cocina. No hay teléfono ni aire acondicionado y la limpieza brilla por su ausencia.

Vicente paga de renta unos US$27 a la semana. Es decir, US$ 108 por mes. Entre sus doce "compadres" pagan al arrendador unos US$1.296 mensuales. Y eso es lo que pagan la mayoría de los inmigrantes de la zona por una "traila".

Estos exorbitantes precios sólo tienen una explicación. Una única familia es la dueña de la mayoría de los tráilers donde viven estos inmigrantes. Es cuestión entonces de monopolio.

Vicente, al igual que los 20 mil inmigrantes que viven en Immokalee, no tiene otra salida. Tiene que trabajar duro durante la temporada, seguir el camino de la cosecha, pagar altas rentas, recibir un mal salario y hasta soportar la explotación de algunos patrones, para poder enviar dinero a casa y algún día poder cumplir su sueño: el de regresar con su familia a Oaxaca.

Es por eso que Immokalee o "mi hogar", como se traduce en idioma semínola, dista mucho de serlo para estos inmigrantes.

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