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Sábado, 15 de enero de 2005 - 06:14 GMT
A. Latina: la lucha por la tierra
Mariana Martínez.
Mariana Martínez
Columnista, BBC Mundo

En América Latina hay quienes tienen mucho y quienes no tienen nada de nada. Y cuando de tierra se trata, el margen entre unos y otros adquiere dimensiones considerables, y se disfraza de pobreza, desigualdad y exclusión social.

Acampamento de trabajadores sin tierra en Pernambuco
La lucha por la reforma de la tierra no es nueva en la región.
La lucha por la reforma de la tierra no es nueva en la región y supone la redistribución de las grandes extensiones de tierra o latifundios (en general, de aquellas partes improductivas) y que están en manos de unos pocos terratenientes, en pequeñas parcelas para los trabajadores rurales más pobres.

El debate cobró fuerza luego que el presidente de Venezuela, Hugo Chávez, firmara un decreto dirigido a reforzar la "lucha contra el latifundio" en su país, seguido por los reclamos del Movimiento de los Sin Tierra (MST) en Brasil al presidente Inacio Lula da Silva para que siga el ejemplo de su homólogo venezolano.

En este contexto de voces a favor y en contra, las preguntas claves que surgen son: ¿qué es lo que buscan los que promueven la reforma de la tierra en América Latina? ¿Qué dicen los que se oponen y por qué? ¿En qué punto del proceso nos encontramos y hacia dónde vamos?

El marco histórico

El problema de la teneduría de la tierra se remonta a la época de la colonia, cuando grandes extensiones de tierra fueron otorgados a los 'encomendaderos' (encargados de cuidar y volver productivas las tierras para los reyes de España y Portugal). Desde allí, se sentaron las bases para el surgimiento de grandes terratenientes y el traspaso de tierra de generación en generación y en manos de unos pocos.

Marcha del MST (Gentileza: MST)
El MST en Brasil quiere que Lula siga el ejemplo de Venezuela.
Si bien la reforma presupone el traspaso de la tierra de los que tienen más a los que tienen menos o nada, la naturaleza de esa redistribución ha variado considerablemente en la región. Ha tomado la forma de entrega de títulos de propiedad individual (por ejemplo, en Bolivia), de organizaciones comunales de producción (Perú), o la entrega de derechos colectivos de propiedad (los llamados ejidos en México).

En general, también ha estado asociada a movimientos militares y revolucionarios. Entre las reformas más ambiciosas se encuentra la llevada a cabo por la revolución mexicana (1917) y que redistribuyó el 43% de la tierra agraria del país.

En tanto, la de Bolivia (1952), redistribuyó un 80% (aunque muchos reclaman que sólo el 45% de las familias rurales recibieron título de propiedad). En 1996 se creó el Instituto Nacional de Reforma Agraria en Bolivia, con el objetivo de redistribuir tierras y defender los derechos de los indígenas, pero este no colmó las expectativas de los menos favorecidos. La lucha por las tierras produjo en octubre de 2003 la caída del presidente Gonzalo Sánchez de Lozada y reclamos del Movimiento de los Sin Tierra de Bolivia.

El gobierno militar de Perú (1969) redistribuyó el 40% de las tierras dedicadas a la agricultura. Sin embargo, las expropiaciones fueron suspendidas en 1975, y en 1981 las cooperativas fueron subdivididas en propiedades individuales. En la década de los 90, y durante el gobierno de Fujimori, la reforma de las tierras adquirió nuevamente fuerza, pero sin alcanzar los logros esperados.

Los gobiernos populistas de la década de los 60 también adoptaron políticas de reforma de la tierra.
En Nicaragua, la revolución sandinista tomó las propiedades de la familia Somoza que representaba la quinta parte de la tierra arable del país y la redistribuyó entre campesinos pobres. Pero hoy, a 25 años de la revolución, los campesinos de Nicaragua siguen siendo tan o más pobres que antes.

Los gobiernos populistas de la década de los 60 también adoptaron políticas de reforma de la tierra. En Cuba, durante la revolución de 1959, largas extensiones de tierra fueron expropiadas por el Instituto Nacional de Reforma Agraria (INRA), mientras que en Chile, la reforma agraria se inició en los 70, pero fue revertida cuando el socialista Salvador Allende fue derrocado.

Los más recientes casos

En Venezuela, a finales de los 50, grandes extensiones de tierra fueron tomadas por los campesinos y redistribuidas. Con el gobierno de Chávez, y en noviembre de 2001, surgió una nueva ley de reforma agraria que permite, entre otras cosas, la redistribución de terrenos improductivos o aquellos cuya propiedad no pueda ser demostrada.

Presidente Hugo Chávez
Chávez firmó un decreto para reforzar la "lucha contra el latifundio".
En tanto que en Brasil, el gobierno consideró a finales de los setenta que una buena solución para la redistribución de la tierra era la colonización del Amazonas y la entrega de parcelas a campesinos pobres del norte y minifundistas del sur. Mientras que entre 1985 y 1988, el gobierno de José Sarney proponía la expropiación de 67 millones de acres que beneficiarían a unas 900 mil familias. Ninguna de las dos iniciativas prosperó.

Durante el gobierno de Fernando H. Cardoso, y debido a la ocupación de tierra llevada a cabo por el Movimiento de los Sin Tierra y la violencia rural, la organización del reparto de las tierras se incrementó pero no alcanzó a llegar a todos. Hoy en día, los "Sin Tierra" reclaman a Lula que cumpla sus promesas electorales y redistribuya la superficie arable de su país.

Procesos de redistribución de la tierra se han llevado a cabo en la mayoría de los países latinoamericanos (incluidos Colombia, Honduras, Ecuador, Guatemala y El Salvador). Y muchas de estas reformas han recibido la ayuda financiera de organismos internacionales.

A favor y en contra

Los que están a favor de la reforma de la tierra aseguran que ayuda a combatir la pobreza, especialmente en los sectores rurales de América Latina, donde la indigencia y la desigualdad alcanzan los niveles más altos.

Campesinos venezolanos en la finca El Charcote.
El gobierno de Chávez aprobó la ley de reforma agraria a fines de 2001.
Los que defienden estas reformas se preguntan por qué grandes extensiones de tierra están en manos de tan pocos. Por ejemplo, en Brasil, el 77% de la tierra arable del país está en manos de un 10% de la población, mientras que en Paraguay la brecha es aún mayor: el 1% es dueño del 80% de la tierra productiva del país. Venezuela no se queda atrás, el 80% está en manos de un 5%. Y el patrón se repite como molde en la región.

También aseguran que no es justo que los latifundistas mantengan tantas hectáreas de tierras en forma improductiva, mucho más cuando 224 millones de personas en Latinoamérica son pobres y no tienen lo mínimo para satisfacer sus necesidades básicas (alimento y vivienda).

A lo anterior se suma que al otorgarle tierra a un campesino pobre se fomenta el empleo (le da trabajo a él y a su familia), el acceso al crédito (puede usar la tierra como colateral para préstamos bancarios) y, por ende, se vuelve más productiva la economía del país.

Procesos de redistribución de la tierra se han llevado a cabo en la mayoría de los países latinoamericanos (incluidos Colombia, Honduras, Ecuador, Guatemala y El Salvador)
Los que están en contra, por su parte, aseguran que la agricultura ya no tiene tanto impacto en la economía como antes y que, por lo tanto, la redistribución de las tierras, por sí misma, no tendrá impacto en los niveles de pobreza.

Aseguran también que no existen mecanismos eficientes de traspaso (las tierras son expropiadas y quedan en manos del gobierno) y que muchas veces los campesinos terminan abandonando las tierras que les fuero otorgadas, volviéndolas aún más improductivas.

Están también aquellos que simplemente reclaman el derecho a lo que se heredó de generación en generación. Ciertamente, los grupos fuertes, las elites, los grandes empresarios y dueños de enormes extensiones de tierras.

¿Quién tiene la razón?

Por un lado, nadie puede negar que es injusto que tantas personas en Latinoamérica se mueran de hambre mientras otras nadan en la riqueza, o lo que es peor, mantengan tierras improductivas que podrían darle pan y trabajo a los más pobres.

Niños en el acampamento Darci Ribeiro (Gentileza: MST)
El problema de la teneduría de la tierra se remonta a la época de la colonia.
Sin embargo, también es cierto que las reformas agrarias se prestan para que los gobiernos "compren" votos en las campañas electorales, y que muchas de las buenas intenciones quedan en el tintero a la hora de ir a la práctica.

El objetivo es entonces lograr reformas agrarias eficientes y orientadas al bienestar de la sociedad en su conjunto y no simplemente en beneficio de los gobiernos.

Si un pedazo de tierra que nadie usa puede cambiarle el rumbo de vida a una persona pobre: darle trabajo, saciarle el hambre y, más que nada, devolverle la dignidad, entonces, no hay nada más de qué hablar. Pero sin olvidar que el acceso a la educación, la salud y las oportunidades para mejorar son tan importantes como la reforma misma.

Barómetro económico

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