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Sábado, 17 de abril de 2004 - 17:53 GMT
Hambre cero: ¿Utopía o realidad?
Mariana Martínez.
Mariana Martínez
Columnista, BBC Mundo

Niña brasileña sin tierra.
Más de 46 millones de personas no tienen qué comer en Brasil.

Más de 46 millones de personas despiertan cada día sin nada para comer en Brasil, ganan menos de un dólar por día y hacen malabarismos para poder sobrevivir.

La búsqueda del pan de cada día es todavía una lucha constante para millones de brasileños pobres, porque está más que claro que los ricos no tienen este problema y hasta hay quienes prefieren ignorar la situación dando vuelta la mirada cuando algún niño se acerca a pedir dinero en los cruces de cualquier calle de Río de Janeiro o San Pablo.

Es que las buenas intenciones del gobierno del presidente Luiz Inàcio Lula da Silva, plasmadas en su plan Hambre Cero con el que busca llevar alimentos para todos, todavía aparecen como metas muy lejanas para la mayoría de los brasileños. El hambre, junto a la pobreza, continúa siendo uno de los principales problemas que enfrenta el país.

Lula señaló en su primer discurso como presidente electo de Brasil, en enero de 2003, que acabar con el hambre de los brasileños sería la gran misión de su vida y vaya que lo será...

Hasta el momento, el mandatario se aferra contra viento y marea a su sueño de un Brasil sin hambre en medio de un mar de críticas, pero lo que es cierto es que la falta de alimentos todavía afecta a la mayoría de los brasileños y eso refleja que el plan tiene todavía mucho camino por recorrer.

Las críticas al plan
Esta brasileña sin tierra lava los platos después de comer.
Los opositores a Lula critican que su plan no mejora la calidad de vida de los pobres.

La principal crítica que ha recibido Lula, y la que más le molesta, es que su plan sólo busca alimentar a los pobres sin mejorar sus condiciones de vida.

La crítica se debe a que el plan incluye la distribución de 50 reales (unos US$17) al mes por familia para la compra de alimentos. Algo que puede confundirse fácilmente con limosna.

Sin embargo, el gobierno asegura que el plan combina "la emergencia con lo estructural", por lo tanto no es una propuesta de distribución de alimentos, sino de inserción social a través de una redistribución de los ingresos, mediante el fomento del cooperativismo, el micro crédito, la educación ciudadana y la reforma agraria en el país.

Según datos del gobierno brasileño, el plan despidió el 2003 con gran éxito. Se pensaba llegar a 1 millón de familias y se alcanzaron 3,6 millones, fundamentalmente en regiones del nordeste, donde los niveles de hambruna no tienen nada que envidiarles a ciertas regiones de África, donde millones de adultos y niños mueren diariamente por la falta de alimentos.

Lula y su equipo aseguran que los alimentos no llegaron solos, lo hicieron de la mano de un grupo capacitado para promover la salud pública, la educación, los huertos comunitarios y domésticos, la educación nutricional, entre otras cosas.
Una niña mira a través de la ventana de una favela.
Es justo reconocer que existe un gobierno comprometido con el bienestar de su pueblo.

Sin embargo, los que más critican dicen que el plan no llega a todos los brasileños y que sufre de demoras para contabilizar las donaciones de empresas y personas; contradicciones y disputas públicas entre sus responsables y quejas de los propios beneficiarios.

Estas críticas, sumadas al rumbo conservador que ha tomado Lula en el manejo económico y la falta de resultados sociales reflejados en las estadísticas, están erosionando aún más la confianza en Lula y su plan, tanto por el lado de la oposición como por el lado de sus aliados políticos (incluidos sectores de su Partido de los Trabajadores).

Un Brasil sin hambre

La realidad es que un Brasil sin hambre, tal como lo sería un mundo sin hambre, es un sueño muy difícil de alcanzar.

Eliminar la pobreza y la desigualdad en Brasil va más allá de brindar a todas las familias un plato de comida tres veces al día, pero es justo reconocer que al menos existe un gobierno comprometido con el bienestar de su pueblo, algo muy difícil de ver en nuestros días.

El problema está en que el hambre no sabe de largos plazos, se siente hoy, y el mañana puede estar demasiado lejos.

De todas formas, habría que plantearse si vale la pena seguir criticando o si sería mejor colaborar con ideas para que la meta de un Brasil sin hambre deje de ser más que un simple sueño.

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