El mundo es una paradoja, mientras la mitad del planeta produce y consume diariamente más del doble de las calorías necesarias para sobrevivir y se desvive por inventar una receta eficaz para adelgazar, la otra mitad se muere de hambre.
La desnutrición infantil aumentará aún más.
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Lo peor de todo es que, según los pronósticos, mañana habrá más niños, hombre y mujeres, que los que hay hoy, sin nada para llevarse a la boca.
Según los últimos datos de la Organización de las Naciones Unidas para al Agricultura y la Alimentación (FAO), los que pasan hambre suman ya 842 millones, es decir, 1 de cada 7 habitantes del planeta. De continuar la tendencia alcista de los últimos años, el número se incrementaría en 5 millones por año y, por el momento, nada parece indicar lo contrario.
La paradoja es grande... Mientras en la parte que llamamos "desarrollada" del planeta, los políticos discuten sobre cómo ponerle fin a las guerras, los organismos internacionales diseñan las recetas "mágicas" para volver a los pobres menos pobres (pero no más ricos); o si lo prefiere a nivel más individual, muchos deliberan sobre qué van a cocinar para la cena de Noche Buena y otros se preocupan de cómo van a quitarse esos "kilitos" de más con productos milagrosos que cuestan mucho más que un plato de comida.
Del otro lado de la tierra, existen otros millones de personas que enfrentan un dilema más "terrenal": si van a conseguir algo para comer hoy o si pasarán otro día con el estómago vacío, o en el mejor de los casos (o probablemente el peor, vaya uno a saber), decidir si comen ellos o le dan de comer a sus hijos.
Aunque no quiera enfrentar la realidad y quiera ignorar la situación, no importa el país dónde usted viva, existe al menos una persona que pasa hambre y está a pocos kilómetros de distancia de dónde usted vive.
Claro está que la desproporción entre los países desarrollados y los que están en vías de desarrollo es bien grande. De los 842 millones de personas que padecen hambre, sólo 10 se encuentran en los países industrializados, mientras que 34 millones están en los países en transición y 798 millones en los países en desarrollo.
En cifras generales y según la FAO, el número de personas desnutridas se redujo en el período 1990-2000 en Asia y el Pacífico, y en América Latina y el Caribe, pero aumentó en el Africa Sub-sahariana, en Oriente y en África del Norte. Es decir, hoy comen más en un lado del continente, pero del otro, se mueren muchas más de hambre.
Entre los menos afortunados están la República Democrática del Congo (donde el 75% de la población está desnutrida), seguida de Somalia (71%), Burundi (70%) y Afganistán (70%). Justamente los lugares del mundo que casi nadie quiere "geográficamente" recordar.
¿Un problema de distribución?
Una evaluación acelerada podría hacerlo pensar que hay hambre en el mundo porque hay escasez de alimentos, es decir, que el planeta Tierra produce menos de lo necesario para satisfacer el hambre de todos. Sin embargo, ése es más un mito que una verdad. O mejor dicho, un mito que tiende a encubrir una realidad: el mundo es egoísta y no hay otra explicación. El planeta produce lo necesario para todos, pero la balanza se inclina para un solo lado.
Para que tenga una idea, si se considera solamente la producción mundial de cereales, ésta sería suficiente para brindar unas 3.000 calorías diarias a cada persona que habita el planeta. Y para aquellos que saben de dietas (y por si no lo sabe), 3.000 calorías son más que suficientes para llevar una vida sana y saludable.
En Estados Unidos y Europa, los habitantes consumen en promedio unas 3,250 calorías diarias. Paradójicamente en algunos lugares del planeta, pocos son los que llegan a las 1.200, mientras otros viven (si se puede decirlo así) con apenas 440 calorías diarias.
El segundo mito sobre la hambruna en el mundo se refiere a la escasez de la tierra. Los incrédulos dicen que como no hay tierra suficiente para cultivar, la mitad del mundo está condenada a vivir con el estomago vacío. Pero lo cierto es que menos de la mitad (45% aproximadamente) de la tierra potencialmente cultivable es cultivada. Seguramente se estará preguntando cuál es la razón.
Todos miran siempre de nuevo a la agricultura.
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Muy sencillo, basta con darle una mirada a las grandes extensiones de tierra que no se cultiva en Brasil para encontrar la respuesta. Es que los latifundistas prefieren mantener la tierra como inversión, es decir, improductiva, sin cultivar. Hacerlo les rinde más que contratar mano de obra y poner las tierras a trabajar. Es decir, el problema ya no es de hambre, es de distribución de la tierra, de desigualdad y miseria.
Además, como si fuera poco, los países industrializados consumen el 80% de los recursos naturales (alimentos y otros productos de consumo) a nivel mundial. Es decir, aunque lo produzcan los pobres, los ricos son los que terminan con el estómago lleno. El resto, se muere de hambre.
Otro de los mitos es que hay hambre porque hay sobrepoblación. Es cierto que la población crece a ritmo acelerado en los países pobres, pero la falta de alimentos es más una cuestión de mala distribución de la tierra que producto del crecimiento del número de bocas por alimentar.
La agricultura: la clave
Aunque la fórmula para desaparecer el hambre de la faz de la tierra parece complicada, es más vieja que la historia del planeta: la agricultura. A lo que habría que sumarle un poco de colaboración de parte de aquellos que nunca pasaron hambre para que la balanza logre equilibrarse, al menos un poco.
Según la FAO, los proyectos a nivel mundial que han logrado o están logrando con éxito reducir al menos el número de personas que pasan hambre son: "Hambre Cero", liderado por Luiz Inacio Lula da Silva en Brasil; el Programa de Erradicación del Hambre vietnamita y la creación de un Fondo Solidario en Túnez.
El éxito de estos proyectos radica en la importancia dada a la promoción del sector agrícola que incluye el subsidio a pequeños huertos, la inversión en la agricultura y el área rural, así como también programas de educación y de distribución de los alimentos.
El programa del presidente de Brasil, donde 40 de sus 170 millones de habitantes viven con menos de un dólar al día, ha sido puesto en marcha al inicio del mandato de Lula da Silva, pero el de Vietnam ya ha conseguido en dos décadas reducir el porcentaje de personas desnutridas del 32% al 19% y, lo que es todavía más importante, limitar las carencias nutricionales de los niños. Una señal clara de que el sueño de un mundo sin hambre se puede lograr.
La paradoja de los subsidios
Pero paradójicamente lo que puede salvar a la mitad del mundo de sufrir de hambre, es también lo que los países del primer mundo no están dispuestos a ceder ni un paso: los subsidios agrícolas. Al menos eso han demostrado en la última reunión ministerial de la Organización Mundial del Comercio (OMC) en Cancún y en la del Área de Libre Comercio de las Américas (ALCA), en Miami.
Los países del primer mundo no están dispuestos a eliminar los jugosos subsidios que ofrecen a sus productores agrícolas, los que causan distorsiones en el comercio mundial y perjudican a los productores del tercer mundo (los vuelven menos competitivos).
La idea de exportar más para crecer y eliminar el hambre sería una estrategia viable, pero no en las actuales reglas del juego. Mientras los productores del primero mundo continúen protegiendo a sus productos agrícolas, continuarán existiendo personas en el otro lado del planeta que no tengan nada para comer. Así como lo lee, nada de nada.
La infancia, la más afectada por la hambruna.
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Reducir a la mitad el número de personas con hambre para el 2015, como fue el objetivo fijado en Roma en 1996 en la Cumbre Mundial de la Alimentación, parece cada día más remoto.
Por el momento, la probabilidad de una reducción en los subsidios agrícolas de los países ricos es altamente improbable. Y con ella se esfuma la posibilidad de millones de personas de salir de la pobreza y el hambre.
Mientras tanto, continúa la paradoja... Gente en una parte del mundo preocupada por la dieta de "Atkins", las calorías y los ejercicios, en tanto otros, siguen luchando por un simple pedazo de pan, una taza de arroz o una verdura... pero no todas juntas.
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