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Sábado, 30 de agosto de 2003 - 05:11 GMT
Globalización, hipocresía y subsidios
Mariana Martínez.
Mariana Martínez
Columnista, BBC Mundo

Hace bastante tiempo que los que viven en el hemisferio sur del planeta se han dado cuenta que la globalización no es tan global como muchos expertos predican y perjuran. Al menos, los beneficios (ni hablar de los problemas) no son compartidos equitativamente. Ejemplos, hay muchos, pero el que sale a la luz en estos días es el tema de los subsidios agrícolas de los países desarrollados y sus consecuencias sobre las economías de los países pobres.

Pobreza infantil.
Las hipocresías de los más desarrollados afectan el crecimiento de los más pobres.

Aquellos que se oponen a la globalización han calificado a las economías del Norte de "hipócritas" a la hora de profesar sus políticas económicas y dar cátedra sobre los benefactores efectos del mundo global en el que vivimos. Se esté de acuerdo o no con sus reclamos, en lo que no cabe duda es en lo acertado del término "hipocresía".

Desde el comienzo de la década de los años 1990, los países desarrollados han empujado a los países más pobres para que eliminen sus barreras arancelarias y abran sus puertas al comercio mundial, mientras ellos mantienen las suyas contra los productos agrícolas, sin importarles que, de esa forma, privan a los países en desarrollo de los tan necesitados ingresos vía exportaciones.

En tanto, los teóricos y técnicos se desviven por encontrar las "fórmulas mágicas" que sacarán a los países pobres del subdesarrollo, sin darse cuenta que en medio de tanta hipocresía, no hay fórmula que valga. La solución está delante de sus propias narices, pero parece que tantos años de estudios les ha opacado la visión. ¿O, no será que a una parte del mundo no le conviene encontrar una solución?

Mientras los países pobres dejan entrar los productos manufacturados provenientes de las economías más fuertes (los que compiten con los productos nacionales y, en la mayoría de los casos, ponen fin a la insipiente industria manufacturada de los países en desarrollo), los desarrollados continúan protegiendo a sus productores agrícolas, colocándole un freno a los productos extranjeros.

Ante esta realidad, no queda más que admitir que los que critican, al menos, tienen algo de razón. Y que quede claro que, mi propósito, no es oponerme a la globalización, simplemente mostrar el desbalance entre los que ganan y los que pierden en el juego. Los países desarrollados son "hipócritas"; cuando de colocar sus productos se trata, el mundo debe ser globalizado, pero cuando les toca a ellos, la globalización funciona para un solo lado.

Mujer pobre
Mientras los países pobres dejan entrar los productos manufacturados provenientes de las economías más fuertes, los desarrollados continúan protegiendo a sus productores agrícolas, colocándole un freno a los productos extranjeros

La realidad es fácil de ver, pero claro, cuando uno la mira con la lupa medio "empañada", hasta las máximas verdades pueden quedar a media luz. Claro está que, para millones de productores agrícolas en América Latina, Asia o África, ocultar la verdad (aunque esté disfrazada por otros) les resulta algo imposible. Ellos saben a ciencia cierta (y si no, pregúntele a sus bolsillos) que de un tiempo a esta parte, el fruto de su trabajo en el campo ya no rinde como antes.

Millones han tenido que partir rumbo a las ciudades, para cambiar el sol del campo por un trabajo en una fábrica en la ciudad (con suerte de industria nacional, pero la mayoría de capitales extranjeros) y dejar atrás una de las profesiones más viejas sobre la faz de la tierra: la de campesino.

El impacto de las barreras y los subsidios

Muchas veces, tendemos a despreciar el trabajo de las personas como Pedro, Juan o José (o el nombre que queramos ponerle a este hipotético campesino) que laboran en el campo, sin pensar que, en muchos casos, sus manos son la base de la economía nacional.

Ahora piense por un minuto qué pasaría si un buen día, todos lo que se dedican al trabajo agrícola desaparecieran, ya sea por falta de fuentes de trabajo o, simplemente, porque ya no es redituable o no hay mercado dónde colocar los productos.

Si aún no visualiza el impacto y sólo para que se haga una idea, le invito a que repasemos juntos algunos ejemplos y números para que pueda comprobar por usted mismo cómo  los subsidios y barreras al comercio de los países industrializados golpean a productores agrícolas en los países en vías de desarrollo.

Los países desarrollados son hipócritas; cuando de colocar sus productos se trata, el mundo debe ser globalizado, pero cuando les toca a ellos, la globalización funciona para un solo lado.

Supongamos que nuestro hipotético productor agropecuario, Pedro, produce bananas en Ecuador y está pensando en vender la mitad de su producción en el mercado local y el resto exportarlo a Europa. Después de todo, estamos en un mundo globalizado. Si los europeos pueden colocar productos manufacturados en el país dónde reside Pedro, ¿por qué no podría Pedro colocar sus bananas en Europa? Con la globalización, todo parece fácil, pero cuando a Pedro le llega la hora de colocar sus bananas en Europa, se da cuenta que para poder ingresarlas deberá enfrentar algunos obstáculos.

Los aranceles, las cuotas y otros mecanismos de protección al comercio que los países desarrollados imponen sobre los productos extranjeros no le permitirán a Pedro competir con los productos de agricultores desarrollados. Pedro deberá enfrentar aranceles y tarifas (el impuesto que grava una determinada proporción del precio de un bien importado a un país) para poder ingresar sus productos en Europa que, por ende, volverán sus "bananas" menos competitivas; y/o deberá enfrentar cuotas (límites sobre la cantidad de bienes que un país puede importar) y no podrá colocar en el mercado europeo todas las bananas que inicialmente había previsto.

Como si fuera poco, los productores agrícolas en los países desarrollados reciben "subsidios" a las exportaciones por parte de los gobiernos. Es decir, el gobierno pone a disposición de los exportadores agrícolas millones de dólares para enfrentar eventualidades como malas cosechas, imprevistos, o para acceder a la tecnología necesaria para producir más y mejor -entre otras cosas-.

Ante estos obstáculos, el precio que Pedro pedirá por sus frutas en el mercado europeo será mayor que el que piden los productores nacionales. Así mismo, si Pedro decidiera competir con los productos europeos en el mercado internacional, no podría hacerlo. Es obvio, que los costos que enfrentará serán mucho mayores que los que enfrentará su homólogo en Europa. En ese caso, Pedro no será competitivo y nadie le comprará sus productos. La próxima temporada, Pedro no volverá a intentar exportar sus bananas a Europa o en ninguna parte del mundo, eso téngalo por seguro. Pero no sólo Pedro perderá como productor, sino también el país, que ya no exportará en el futuro la misma cantidad de bananas.

Países pobres cada día exportan menos

Si el ejemplo microeconómico no le convence, piense a lo grande y verá. Según el Instituto Internacional de Estudios de Políticas Alimenticias (IFPRI), eliminar los subsidios agrícolas que distorsionan el libre comercio en la Unión Europea, Estados Unidos y otros países industrializados permitiría que los países en desarrollo triplicaran sus exportaciones agrícolas a cerca de US$60.000 millones anualmente.

Para que tenga una idea, en Estados Unidos y Canadá, las medidas proteccionistas están concentradas en textiles y prendas de vestir, mientras que en la Unión Europea y Japón, se enfocan a productos agrícolas y alimenticios.

Según el mismo informe, las políticas agrícolas de la UE afectan en más de US$20.000 millones a las exportaciones de los países subdesarrollados cada año, las de EEUU son responsables de cerca de US$11.000 millones y las japonesas, de US$ 5.300 millones. Si las cifras le sorprenden y si conoce a algún teórico que esté buscando las fórmulas para revivir las economías de los países pobres, lo mejor que puede hacer es hacerle llegar estos números.

Las menores exportaciones reducen los ingresos de los agricultores y sus negocios relacionados con los países en desarrollo en aproximadamente unos US$24.000 millones anualmente. América Latina y el Caribe, es la región que sufre el mayor impacto, dónde los ingresos se reducen en cerca de US$8.300 millones al año, mientras que Asia pierde US$ 6.600 millones y África Subsahariana cerca de US$2.000 millones.

Punto final a los subsidios

Barrio en Venezuela.
Miles de campesinos abandonan el agro para formar filas en las industrias.

La eliminación de los subsidios agrícolas será uno de los temas centrales y más controvertidos de la próxima reunión de la Organización Mundial del Comercio (OMC) que se celebrará en Cancún, México, entre el 10 y el 14 de septiembre.

Mientras la EU y Estados Unidos juran y perjuran que ahora sí habrá reducciones y eliminación de subsidios, lo que sí está claro es que los productores como Pedro no estarán invitados a la reunión; mientras que otros productores en el primer mundo (UE, Estados Unidos y Japón, principalmente) están seguros que éste año -al igual que los anteriores- recibirán una suculenta tajada de subsidios de gobierno que les permitirá asegurar la competitividad de sus productos en los mercados internacionales y, por ende, dormir tranquilos.

En tanto, a nuestro Pedro sólo le queda esperar que la OMC recupere la credibilidad (obligando a los países desarrollados a poner punto final a los subsidios) o, lo que sería más probable, que algún santo lo ayude. No le quedará otra.


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