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Sábado, 23 de agosto de 2003 - 13:24 GMT
Ser ministro y aplaudido
Mariana Martínez.
Mariana Martínez
Columnista, BBC Mundo

Ser ministro de Economía no es tarea fácil, mucho menos cuando el país está en crisis. Ser ministro de Economía y ser respetado, es aún más difícil. La mayoría son abucheados y criticados, pero por suerte, siempre existe una excepción a la regla.

Alejandro Atchugarry
Fue un ministro (Atchugarry) que antes de darle el sí al Fondo Monetario Internacional (FMI) supo escuchar el punto de vista de todos los partidos políticos y tomar en cuenta la necesidad de los uruguayos

Esta vez, la excepción se da en una de las economías más pequeñas de Latinoamérica, en Uruguay. Pero lo más interesante es que el ministro no es economista de profesión, sino abogado. No estudió los clásicos libros de economía. Simplemente aprendió a escuchar las necesidades de su gente y a negociar, y con su fórmula logró lo que muchos no han podido lograr en años.

Así es el perfil de Alejandro Atchugarry, quien fuera hasta hace poco el ministro de Economía de Uruguay. Un ministro que, aunque le parezca increíble, fue querido por la gente, sin importar bandos políticos, raza o religión. Un ministro que supo conciliar la izquierda con la derecha; una tarea dificilísima, bien lo saben los venezolanos por experiencia propia, y más que nadie, el presidente de Brasil, Luiz Inácio Lula da Silva.

Escuchando la opinión de todos y sin subestimar a nadie, este ministro supo poner al menos en camino, la economía de un país que atraviesa por la peor crisis económica de su historia. Algo que muchos economistas graduados de instituciones de renombre internacional no han podido lograr. Y que quede en claro que no estamos hablando de otros que no sean los ministros y asesores que gobiernan nuestros países.

Pero como todo lo bueno, pronto se termina. Atchugarry, el ministro querido por todos, renunció y cedió su espacio a un nuevo dirigente, Isaac Alfie. Esta vez, un economista de profesión, conocido por su faceta de "técnico" más que de político, y porque en su lista de prioridades está que los números "cierren" y que las cuentas "cuadren". Para hacer una comparación, un contador más que sociólogo. Si el perfil le suena conocido y le recuerda a su ministro de Economía, entonces, usted sin dudas, vive en Latinoamérica y sabe de lo que estamos hablando.

Desde ya, se puede aventurar que el alejamiento de Atchugarry no es una buena noticia para los uruguayos. Con la llegada del Alfie al ministerio de Economía, llegó también la mano dura. Tampoco será buena noticia para usted, si a esta altura se ilusionó con la idea de que podría "importar" o "clonar" a un Atchugarry para que manejara las cuentas de su país. O si se ilusionó con la simple idea de que, en algún lugar del mundo, pueda existir un ministro de Economía aplaudido por la gente, y no sólo en Estados Unidos, donde don Alan Greenspan sí sabe lo que hace.

La clave del éxito

La economía de Uruguay todavía no marcha sobre ruedas, eso lo puede comprobar preguntándole a cualquier uruguayo en cualquier rincón del país. El índice de desempleo alcanza el 17.5%, la inflación asciende a 19.46% en los últimos doce meses, y pese a que el gobierno espera que el Producto Interno Bruto (PIB) crezca entre 4 y 4,5% este año, a muchos uruguayos aún se les hace difícil cubrir las necesidades básicas y pagar las cuentas.

A los uruguayos sólo les queda esperar que el nuevo ministro tome en cuenta que detrás de los números hay seres humanos, como usted o como yo, que estamos cansados de ser una estadística más en los cálculos de los que gobiernan nuestros países.

Pero a veces, en medio de todos los problemas económicos, los personas -como usted o como yo-, necesitamos que los que gobiernan nuestras economías muestren un poco de sensibilidad y de interés por nuestros problemas. Más allá de los números, al menos Atchugarry, mostró preocupación por la gente. Ahí estuvo la clave de su éxito.

A Atchugarry se le atribuye el canje exitoso con sus acreedores de la mitad de la deuda externa del país de casi US$12.000 millones y el abrir el camino para la reestructuración del vapuleado sistema bancario. Pero sobre todo, fue un ministro que antes de darle el sí al Fondo Monetario Internacional (FMI) supo escuchar el punto de vista de todos los partidos políticos y tomar en cuenta la necesidad de los uruguayos. Algo que deberían aprender muchos de los ministros y gobernantes en América Latina, que solo piensan en quedar bien con el gobierno de Washington, esperando a cambio un puesto o una asesoría. Y a los que se les olvida que su finalidad última es el bienestar de sus ciudadanos y no su interés personal o su bolsillo.

La hora "técnica"

A esta altura, se estará preguntando por qué renunció Atchugarry, si todo parecía ir tan bien y contaba con el apoyo de la gente. El ex ministro dijo que dejaba el ministerio porque considera que su tarea de encaminar la economía del país ha culminado y que debe dejar paso a un técnico.

Justamente por eso, por el paso "técnico" es que los uruguayos presienten que los tiempos que se vienen serán difíciles. Al menos, para el bienestar de la gente. El nuevo ministro viene decidido a cumplir con los mandatos del FMI al pie de la letra, y la experiencia pasada nos recuerda que éstos nunca han contemplado precisamente el lado social, más si el "técnico". Sino pregúntele a cualquier argentino, que después de las famosas recetas económicas del ex ministro Domingo Cavallo, ya debe estar curado de espanto; o a cualquier latinoamericano que vive en carne propia las ya crónicas crisis económicas de la región producto de la corrupción de sus gobernantes y de esas "famosas" recetas económicas.

Lo que preocupa

Pese a que el ministro insistió desde el primer día de su mandato que mantendrá la línea económica seguida por Atchugarry, las preocupaciones que flotan en el aire son muchas.

Isaac Alfie, nuevo ministro de Economía de Uruguay
Alfie es conocido por su faceta de "técnico".

El nuevo ministro reconoció que su perfil no es el de tener grandes habilidades negociadoras, algo que sí va a necesitar si es que tiene pensado contemplar los reclamos de la oposición y obtener los mejores resultados para los uruguayos en las negociaciones con los organismos internacionales. Pero no hay que extrañarse, de esas habilidades carecen la mayoría de los ministros de Economía en Latinoamérica. Por lo tanto, sirve como pretexto o excusa. Eso ya lo tenemos claro todos.

Su perfil netamente técnico tampoco es un aliciente para los uruguayos. No hay que olvidar que en estos momentos, Uruguay precisa una política económica que contemple el lado social y no solamente preste atención a las estadísticas. ¿Y qué país de Latinoamérica no las necesita?

Ante este nuevo escenario, a los uruguayos sólo les queda esperar que el nuevo ministro tome en cuenta que detrás de los números hay seres humanos, como usted o como yo, que estamos cansados de ser una estadística más en los cálculos de los que gobiernan nuestros países. Sólo de esa forma, en Uruguay, o en cualquier lugar de Latinoamérica, los ministros de economía serían aplaudidos por todos.


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